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La ciencia de lo indestructible

El teléfono vibró anunciando la quinta llamada en menos de una hora.

Arrojé el teléfono contra el muro asegurándome de acumular en mis bíceps y hombros del brazo derecho, todo el estrés que me produciría contestar de nuevo. Tan sólo reproducir su voz en mi cabeza hacía que el desespero corriera incontrolable por mi torrente sanguíneo.

Sin embargo, debía contestar. La línea de ensamblaje automatizada se había desconfigurado debido a los recientes apagones en la planta y había aplastado el brazo de un operario contra una placa de metal.

Era el segundo incidente en menos de un mes.

La pantalla del teléfono se agrietó. Después de caer al suelo, se reparó a sí misma y al cabo de treinta segundos el dispositivo estaba intacto. No importaba cuánto lo intentara, mi rabia no podría destruir el teléfono, que nunca dejó de vibrar.

- Si tan solo así se repararan los brazos de los trabajadores –pensé en voz alta, mientras contemplaba por enésima vez el proceso de autorrecuperación del teléfono.

Me levanté de la cama y busqué el teléfono en el extremo de la habitación, me senté en el suelo y atendí la llamada. Los inversionistas estaban preocupados debido a que los protocolos de seguridad de la planta, al parecer, no eran a prueba de apagones. Como jefe del área de investigación, yo era el responsable, aunque estuviera de vacaciones. Judith llevaba apenas 6 meses en la compañía y era de esas personas que temen hacer mal su trabajo, así que me llamaba cada vez que surgía un inconveniente, por más mínimo que fuera.

- Qué irónico – dije mirando el teléfono una vez finalizó la llamada. En un par de décadas todo podrá repararse a sí mismo, menos nosotros.

Imaginé el brazo destrozado del operario contra una placa de metal intacta y me sentí privilegiado. Recorrí mi brazo derecho con la mirada y extendí los dedos de la mano, imaginando lo que haría si mi cuerpo pudiera repararse a sí mismo.

Escalaría montañas sin arnés, haría descensos de montaña en bicicleta y practicaría todo tipo de deportes de contacto sin temor a ser lastimado. Sin duda alguna, sería algo que disfrutaría mucho, más que cualquier cosa en el mundo.

Permanecí sentado, mirando fijamente el suelo. Traté de pensar en Judith y el operario de la planta, pero las ideas comenzaban a acumularse en mi cabeza, conectándose entre sí con la libertad y el entusiasmo de un niño que recién descubre el mundo. Necesitaría un poco bioingeniería. Numerosas horas de experimentación, por supuesto. Tendría que ser un mamífero. Uno pequeño. La compañía podría financiar la investigación. La tecnología se había enfocado demasiado en mejorar las máquinas, cuando debería estar mejorando el cuerpo humano. Llevaba ocho años estudiando las aplicaciones de la nanotecnología en los protocolos de seguridad de las fábricas automatizadas y algunos de mis proyectos anteriores podrían aplicarse a la biología. 

Me emocioné tanto que olvidé la llamada. Mis pensamientos seguían un ritmo que no me atrevía a detener. Al cabo de media hora, estaba convencido de que la idea era científicamente posible.

Después de quince meses seguía pensando en el brazo del operario, pero mis ambiciones ya eran una realidad. Las primeras pruebas con tejidos vivos arrojaban algunos resultados prometedores. Durante los siguientes tres años invertí todo mi tiempo, mi dinero y mi energía para convertir un cuerpo animal en un ente autorreparador. Experimenté con un solo sujeto de prueba, y aunque al final del proceso le faltaban algunas uñas y la punta de la cola, Memo se convirtió en el primer ser vivo que podía autorrepararse completamente gracias a la nanotecnología.

Mi gato era ahora parte de la historia de la ciencia, aunque aún nadie lo sabía. Investigué y experimenté en secreto, haciendo uso indebido de los recursos de mi compañía, quien estaba financiándome para algo completamente distinto.

Memo desarrolló una completa aversión hacia mí. Aunque tenía un cuerpo indestructible, no parecía disfrutarlo. En ese momento supuse que temía el dolor de la reparación, que podía llegar a tomar algunos días, o semanas, en los casos de mayor daño a los tejidos internos y a los huesos. Debo reconocer que mis experimentos lo hicieron sufrir más de lo que podía soportar. El pobre animal no saltaba, no jugaba, no cazaba los ratones de laboratorio que de vez en cuando robaba para intentar entretenerlo. Tan sólo dormía y daba paseos cortos por la casa, como esos gatos viejos y obesos que sólo se mueven para comer.

Imaginar la implementación del proceso en seres humanos tardaría por lo menos tres décadas, lo que significaba que sería incapaz de disfrutar de un cuerpo joven capaz de autorrepararse a sí mismo antes de cumplir mis sesenta años.

Más allá de cualquier logro científico, de cualquier comodidad tecnológica y de cualquier riqueza que pudiera estar a mi alcance, aprecio mi vitalidad y juventud. Si pudiera convertirme en un ser inmortal por medio de la ciencia tendría que hacerlo en mis años de mayor energía, pues no querría vivir cientos de años en un cuerpo decrépito y desgastado. Sólo de esta manera podría vivir con todo mi potencial.

Abandoné toda precaución y lógica, me sumergí en el egoísmo y decidí que Memo era un estúpido por no disfrutar del cuerpo que le había dado. Aunque llegase a perder mi vida en el proceso, no podía darme el lujo de esperar mis años de ancianidad para superar mi limitada condición de humanidad.

Comencé con los dedos de mi pie izquierdo. Recuerdo perfectamente el dolor que sentí cuando me los fracturé a propósito, que no fue nada comparado al dolor que sentí durante una semana completa, cuando se repararon. Ahora mis pies eran ligeramente más fuertes y resistentes, aunque el dolor era insoportable.

Este pequeño éxito se desvaneció al día siguiente, cuando Memo murió. Un dolor que no me atrevo a comparar con nada.

Al día siguiente planeaba llevarlo al laboratorio pero el dolor no me permitió moverme de la cama, así que tomé algunas gotas de Morfemium para dormir durante las siguientes 30 horas. Con el descanso mi cuerpo se repararía más rápido y el dolor tendría que desaparecer en algún momento.

Al despertar, noté que el dolor había disminuido considerablemente, así que me apresuré para ir al laboratorio y determinar la causa de la muerte de Memo. Sin embargo, al sentarme en la cama, vi que mis pies tenían un negro intenso. El tejido no estaba muerto, pues podía mover los pies con normalidad. Entonces noté que la hinchazón y la necrosis se concentraban en la parte del pie donde comienzan los huesos metatarsales, lo que significaba que el cuerpo estaba reaccionando ante la presencia de los nanoreparadores encargados de la regeneración de los tejidos.

Comprendí que la reacción de mi cuerpo llevaría a una necrosis generalizada y supe que tenía dos opciones. La primera era cercenar los dedos de mi pie y reemplazarlos con una prótesis ciento por ciento funcional que no afectaría mi vida diaria. La segunda opción era inyectar los nanoreparadores en el resto del pie con el fin de comprobar si la necrosis se detenía.

Antes de que el dolor fuera paralizante, me dirigí al laboratorio. Tomé todos los exámenes de laboratorio posibles para determinar las causas de la muerte de Memo e inyecté los nanoreparadores en ambos pies. Siempre anticipé que habría complicaciones y no era el momento de acobardame. El dolor y las complicaciones me impulsarían a trabajar más arduamente.

Al cabo de tres días, la necrosis de mi pie izquierdo había cesado, pero un día después apareció en ambos tobillos. Mi cuerpo ahora resultaba incapaz de sustentarse sin los nanoreparadores. 

Fue entonces cuando realmente me asusté.

Intenté removerlos completamente, pero estos se fusionaron con algunas células tisulares y se extendieron rápidamente al resto del cuerpo. Me vi obligado a inyectarme los nanoreparadores en el resto del cuerpo, lo que les permitía especializarse según la función de las células locales con las que tenían contacto inicial.

El dolor era permanente y experimentaba mareos ocasionales, pero al cabo de un mes, mi cuerpo era indestructible, inmune a enfermedades y completamente saludable. Mi vitalidad y fuerza habían aumentado, así como mi flexibilidad, mi coordinación, mi agilidad mental y prácticamente cualquier destreza corporal -e incluso mental- que pudiera poseer.

- ¿De qué murió el gato, Jack? – preguntó mi interlocutor, quien había guardado silencio durante todo el almuerzo.

- Los efectos secundarios, Oliver – respondí mientras hacía un corte profundo a lo largo de mi brazo con el cuchillo que recién había usado para cortar la carne- Hacen falta décadas enteras para asegurar un proceso exitoso en seres vivos. Las células pueden repararse pero no logran sobrevivir por mucho tiempo. Mueren tres veces más rápido.

- ¿Entonces sólo vas a vivir un tercio de lo que podrías vivir? –preguntó sin apartar los ojos de mi brazo.

- Tal vez menos. Pero tengo el lujo de saber cuándo moriré y lo haré con un cuerpo que no puede dañarse.

- Puede dañarse porque muere. ¡Y muere pron..

- Los nanoreparadores no pueden crear nuevas células, tan solo apoyan el proceso de regeneración natural –interrumpí mientras Oliver notaba sorprendido la rapidez con que la herida de mi brazo había desparecido.

- Pero… -intentó responder mi colega-.

- No tendré la muerte aburrida y deprimente de un viejo, Oliver. No puedo imaginar por ahora una mejor manera de morir.

- ¡¿Para eso me invitaste hoy?! – gritó, asombrado por la absoluta calma de mi voz - ¿para contarme que vas a morir?

- ¿Sabes que descubrí al examinar al gato, Oliver? Tal vez murió más rápido, pero sus músculos, sus huesos, todo su cuerpo… Nunca he visto algo como eso… Y su cerebro… ¡Dios mío, sus conexiones neuronales se triplicaron! ¡¿Entiendes lo que significa eso?! – grité, emocionado.

Oliver permaneció en silencio.

- Tengo mucho por hacer. Aún me falta mucho por vivir. –continué- Quiero darte mi investigación. No conozco a nadie más apasionado por el conocimiento. Sé que le darás un buen uso a esto.

Entonces deslicé sobre la mesa toda mi investigación y me puse de pie. Oliver fijó sus ojos en los 100 terabytes de información contenidos en un pequeño rectángulo negro y dió un suspiro largo. Yo sonreí y jamás lo volví a ver. 

Gato durmiendo




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Besos y risas

Ella se acercó a su rostro con toda su ternura condensada en los labios y le besó amorosamente. 

Pero no bien había cerrado los ojos y comenzaba a olvidarse del mundo, cuando ella se apartó de su beso, y sin poder contenerse, soltó una serie de sostenidas y sonoras carcajadas. Él trató de contenerse y reprimir con todas las fuerzas mentales de las que era capaz su decepción y su enojo; y atinó, con cierta calma, a decirle:

- Tendrás una muy buena razón para haber hecho lo que acabas de hacer.

Ella seguía riéndose mientras a intervalos le decía que lo sentía, que estaba muy apenada; pero luego reía con más ganas, mostrando grandes esfuerzos para dejar de reírse, y así dejar de ofenderle. Después le dijo que se había desternillado de la risa porque olía a bebé, y que se lo imaginaba regordete y con pañal.

Él supuso que para ella había sido humanamente imposible soportar la avalancha de comicidad de esos pensamientos. Aun así, ¿por qué habría de imaginarse a un bebé y sus aromas justo cuando estaban besándose? –pensaba- y ¿por qué justamente pensaba en eso cuando le besaba? ¿por qué no antes? ¿por qué no después?

Se mostró visiblemente ofendido y bajó la cabeza, ocultándola entre sus brazos y apoyando su frente contra la mesa blanca y sucia del restaurante.

- Lo siento amor. ¡Ay! Discúlp…

No bien había terminado sus palabras cuando llegaba de nuevo la tierna imagen, la avalancha y su consecuencia inevitable. 

Esas risotadas ya no le enojaron, sino que le entristecieron. Preferiblemente se hubiese guardado sus disculpas para luego; sería mejor que no se hubiera atrevido a fingir arrepentimiento para luego rememorar sus pueriles imaginaciones y burlarse con renovadas ganas. Él no se lo perdonaría: la hubiese perdonado si la broma se hubiese prolongado unos segundos solamente, o incluso la perdonaría con buena gana si hubiera dejado de reírse por completo, y luego -y sólo luego- se hubiese disculpado.

¡De qué forma tan inocente y nada calculada llegaba a ser tan ruda e hiriente ¡Qué magistral habilidad para fastidiarle como nadie llegaba a hacerlo! ¡Qué magistral escogencia del momento y las risas! Maldito el lugar y el momento en el que coincidían su intenso cariño y la crueldad de ella. 

Luego ella dejó de reírse, y le dijo:

- Ya amor, ya. En serio lo siento ¿Estás bien?

Mientras ella le preguntaba esto él sintió como un pañal de bebé se adhería a su cuerpo, clavándose así esta sensación en la memoria de su corazón, en ese lugar donde se almacenan los momentos tristes; le decía él, con palabras mecánicas y superficiales:

- No te preocupes. Ya pasó.

Choachí, Colombia


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Los Artistas [Cuento]


Cuento de ciencia ficción amateur


Anderson y Smith terminaban su cigarrillo cuando recibieron la orden de entrar a la mansión del señor Fomar Peterson. Eran las tres de la madrugada y los preparativos estaban terminados. Smith caminaba con placer, contemplando el perfil de la inmensa mansión.

- ¿Qué sucede? – dijo. Te están pagando mucho dinero por esto.

El otro, nervioso, se limitó a bajar su cabeza. Se dio la vuelta y revisó una vez más su equipo. Smith emitió un gruñido y comenzó a caminar hacia la entrada oriental.

- Un minuto. Todavía no he terminado – se afanó Anderson.

Cinco minutos después, ambos hombres, los únicos vestidos con traje, sacaban a un anciano de una estructura metálica de forma circular, parecido a un tanque de reserva de agua; sujetándolo con fuerza por los brazos y hombros.

Jordan Kramer, el hombre más rico y poderoso del planeta, estaba allí para robarlo.

- Me has facilitado mucho el trabajo. Es increíble que una mente tan altamente creativa como la tuya no haya sido capaz de contemplar lo improbable – sentenció Kramer, dirigiéndose al anciano.

Robert Brenton, su representante, le había advertido sobre una situación así, pero el anciano nunca quiso aceptar que tal escenario fuera posible. La primera vez que le mencionó la idea, este no paraba de reír.

Mientras Kramer se acercaba hacia él, Peterson, el anciano, recordó la última conversación que había tenido en esa misma habitación.

- Por favor, eso solo sucede en nuestros libros y películas– dijo Peterson mientras miraba por la ventana más grande de la mansión.

- Esto no es algo nuevo –insistió Brenton- Si el arte y el conocimiento ahora pueden ser creados de esta manera, eso también significa que pueden ser robados de la misma forma. Especialmente si las ideas a robar pertenecen al mejor artista del mundo.

- Lo que dices son tonterías. Anualmente, invierto cientos de millones de dólares para evitar que eso ocurra – replicó. Nadie jamás va a robar mis ideas.

Ahora Peterson miraba fijamente hacia el sofá en el que se había sentado Brenton, dos días antes. En un intento por liberarse, se movió bruscamente, dejando escapar un grito de impotencia. Sin violencia, Kramer pasó una toalla por su rostro, mientras éste le arrojaba una mirada ahogada por el miedo.

- Así que esto fue lo que le ocurrió a Bill Dorle – gritó con desespero.

- Exactamente – continuó Kramer, dándole la espalda mientras paseaba su mirada por las obras de arte colgadas en la habitación - Lamentablemente, él jamás podrá recordarlo. Pobre Dorle. Las enfermedades neurodegenerativas siempre han sido un enigma, acabando incluso con las mentes más brillantes de la humanidad.

- ¿Eso es lo que reportarán los medios? – chilló- ¿Una enfermedad neurodegenerativa desconocida?

- No te preocupes. Podrás hablar y caminar con normalidad. Al igual que Dorle. No quiero arruinarte la vida. Solo estoy interesado en los pensamientos que has almacenado en ese tanque.

- Pasé cuarenta años de mi vida trabajando para comprar este tanque. No permitiré que me arrebates los mejores años de mi vida-. Su voz estaba rasgada por la ira y el pánico.

- Creo que ya es demasiado tarde para ti.

La primera versión del dispositivo con tecnología PD era muy rudimentaria. Desarrollada por la NASA, 20 años antes, permitía al usuario conectarse directamente con un computador con el fin de almacenar digitalmente los pensamientos generados por el usuario. No obstante, este fue solo el primer paso. El enorme tanque de aislamiento instalado en el ala oriental de la mansión Peterson podía hacer mucho más que eso.

Permitiendo un estado de relajación intenso gracias a la suspensión de todas las funciones perceptivas y sensoriales del cerebro, el tanque se encontraba a medio llenar con un líquido espeso sobre el que se podía flotar con gran libertad. De las gruesas paredes del tanque, se desprendía un conjunto de cables contectados a una pequeña incisión localizada el lóbulo parietal del usuario.

Luego de años intensos de experimentación y adaptación al tanque, Peterson logró crear y producir películas, pinturas, esculturas, libros y otras obras de arte sin usar ningún mecanismo físico. El tanque le permitía manipular su imaginación y almacenarla en un formato multimedia.

Gracias a que las limitaciones físicas no constituían un problema, el trabajo artístico del puñado de genios que tenían a disposición un tanque con tecnología PD -entre ellos Dorle, Kramer y Peterson- había alcanzado el máximo potencial posible. Rápidamente, el mundo del arte sufrió una revolución titánica, y con ella, la humanidad en su totalidad. El consumo de estos nuevos productos artísticos alcanzó dimensiones monumentales y sus creadores pasaron a ser las personas más adineradas y poderosas del planeta.

- Invertí mucho tiempo y dinero en desarrollar un método para extraer las ideas de los tanques – comenzó a decir Kramer mientras conectaba el tanque a un pequeño dispositivo portátil, parecido a un metrónomo.

- No podrás hacerte con mis ideas, –amenazó una última vez Peterson.

Kramer sonreía mientras conectaba el dispositivo portátil a la incisión del lóbulo parietal derecho de Peterson por medio de un largo cable transparente. Anderson, quien sujetaba con fuerza el brazo derecho de Peterson, notó un extraño movimiento en la boca de Peterson, pero pensó que era producto de estar conectado al cable transparente. Interpretación que luego lamentaría.

- No es la primera vez que me dicen eso – respondió Kramer mientras se conectaba él mismo por medio de otro cable transparente.

Peterson hizo otro extraño movimiento con su boca, como si masticara algo. De inmediato, todas sus funciones cerebrales se detuvieron y se desplomó, muerto, al suelo. Un segundo después, en el extremo opuesto del dispositivo, Kramer también perdía su vida.

- Ha mordido una pastilla letal – concluyó Anderson.

- Sí - confirmó Smith.

- Pero, ¿por qué ha muerto Kramer?

- Al parecer la pastilla ha creado un efecto en cadena. Seguramente éste era el último recurso de Peterson, matar al jefe aprovechando que sus cerebros estaban conectados. Tenemos que desaparecer de inmediato. Piérdete, ¡ahora!

Asustado, Anderson echó a correr fuera de la mansión mientras Smith desconectaba los cables transparentes del cráneo de ambos artistas.

- Jamás hubiera imaginado que las cosas iban a terminar así – dijo Smith una vez que se aseguró de estar solo en la mansión.

Con sumo cuidado, recogió cuidadosamente el dispositivo parecido a un metrónomo y lo acarició con una mirada de satisfacción. A continuación, destruyó un pequeño control remoto que escondía en su mano derecha y abandonó la mansión.

Narke Latere
Octubre de 2014
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Androides Espaciales [Cuento]


La autodestrucción definitiva. Cuento corto.
Androides Espaciales


- Si persisten en la violencia, su libertad les será arrebatada-. Fue la única advertencia que recibimos.

No tenían cabezas agrandadas, ojos enormes o cuerpos frágiles como los habíamos imaginado siempre. Su diseño corporal, por decirlo de algún modo, cambiaba permanentemente. Cuando se dirigieron a la humanidad, adoptaron una forma que se parecía mucho a la de nuestros androides de última generación.

El plazo para lograr la paz mundial fue de un año.

Nuestra primera y única reacción, por supuesto, fue la violencia.

- Tenemos derecho a pensar y actuar como lo decidamos. No permitiremos que nuestra libertad nos sea arrebatada– sentenció el Comisionado General Interplanetario en el primer comunicado luego de la advertencia.

Los primeros meses no logramos hacerles ni un rasguño. Nuestra tecnología (capaz de destruir sistemas solares completos) era neutralizada antes de causar algún daño a sus naves o las bases que habían instalado en la Tierra. Solo fue después de 9 meses que decidimos recurrir a las medidas más desesperadas.

Se trataba de un prototipo que usaba la antimateria como su fuente de poder. Aunque tardaríamos cientos de años antes de poder estabilizar este tipo de energía, un grupo de científicos internacionales logró desarrollar un arma preliminar que fue probada con éxito en una de las naves enemigas que monitoreaba nuestra colonia en Titán, la luna de Saturno.

Titán sufrió efectos devastadores y la mayoría de la población fue pulverizada al instante. Sin embargo, la Comisión Interplanetaria decidió que los efectos colaterales eran necesarios debido a la gravedad de la amenaza. La humanidad estaba dispuesta a hacer todo lo posible para evitar que nos convirtiéramos en esclavos de una especie alienígena.

En menos de un mes, nuestra fuerza militar había acabado con todas las naves que rodeaban las nueve colonias terrícolas dispersadas en la vía láctea. Ellos nunca respondieron a una sola de estas agresiones, aunque los gobiernos mundiales e interplanetarios anunciaban en los noticieros que los daños en nuestras colonias se debían a los contraataques de los androides espaciales. De esta manera se justificaba el hecho de que estábamos usando un arma cuyos efectos eran casi totalmente autodestructivos.

Tan solo faltaban las bases establecidas en el planeta Tierra. El 70% de los humanos estaba allí, y según las estimaciones más optimistas, si usábamos el arma, aniquilaríamos instantáneamente el 40% de los seres vivientes del planeta.

- Hemos perdido 3 de nuestras bases extraterrestres, pero el enemigo está siendo pulverizado. El costo ha sido muy alto, y lo será aún más, pero la victoria será nuestra. Nuestra lucha y sacrificio nos mantendrá libres y honorables.

Con estas palabras del Comisionado General Interplanetario, se dio inicio a la evacuación de la mayoría de los seres humanos del planeta tierra. El plan que propuse desde un principio como uno de los consultores expertos en estrategia militar; que consistía en huir del planeta en nuestra Arca Nodriza mientras recopilábamos mayor información e intentábamos comunicarnos con los androides espaciales, fue autorizado como parte de nuestra última ofensiva.

Por unanimidad de la Comisión Interplanetaria, se decidió la ofensiva tendría lugar el 30 de Octubre del año 13805, el día en que se cumplía exactamente un año de la advertencia.

Sin embargo, nunca tuvimos la oportunidad de hacerlo.

A las 00:01 de la mañana, perdimos nuestra libertad.

La conciencia de todos los seres humanos fue confinada electrónicamente en una de sus naves especiales. Perdimos nuestros cuerpos y nuestra posibilidad de evolucionar como especie. Técnicamente, estamos vivos pero somos incapaces de reproducirnos y de usar medios físicos para modificar la realidad. Ahora, nuestra realidad es únicamente virtual. El agua que bebo y el teclado con el que escribo no existen. El año en el que vivimos no existe.

Los ojos con los que estás leyendo tampoco existen. Tan solo existes en mi conciencia electrónica.
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Fuera de control [Cuento]


Cuentos cortos e interesantes

Francisco, como la mayoría de nosotros, no quiere morir. Quiere despedirse de su vida pronunciando un adiós envejecido, con la cabeza gacha y los miembros temblando. No deja que su destino sea escrito todavía. Evade la muerte, se burla de ella. La besa en el rostro y, atrevido, como si fuera dueño absoluto de su propia existencia –tal vez lo es- se aleja de ella esbozando una sonrisa.

He intentado quitarle la vida durante siete meses. No tengo nada contra él, pero es necesario que muera. De otro modo, lo que tiene que suceder después de que abandone para siempre este mundo, jamás pasará. Tampoco los hechos felices.

No, no existe ninguna alternativa. En todos los mundos posibles tiene que morir. El mejor desenlace es que cometa un suicidio. Ya sé que, como están las cosas ahora, eso no pasará, pero sería lo mejor. La historia sería perfecta.

He diseñado cuidadosamente accidentes “infalibles”. También he procurado que otros hagan el trabajo por mí, pero todos mis esfuerzos han sido en vano. Nada ni nadie –ni siquiera yo, ¡qué triste!- puede matarlo. Nadie, a excepción de él mismo.

Como si fuera consciente de la plasticidad de su vida y de su mundo, del artificio que puebla cada centímetro de ese, su universo; Francisco ha comenzado a desviarse de la trama.

Por ahora –no tengo idea de qué tan largo será este presente-, no sabe que es incapaz de morir, que puede saltar de un manuscrito a otro, que puede obligar mi pluma, que puede trascender su realidad y habitar mi cabeza; que puede ser tan real como mis miedos más profundos.
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Lucía [Cuento]

No tardó mucho en aburrirse. Esta vez no iba a ser diferente de las anteriores. Al final, siempre terminaba aburriéndose. Era algo inevitable, algo que tenía que pasar, sin importar lo que él hiciera para cambiarlo.

No era culpa de ella, siempre fue amorosa y trataba a Carlos con la devoción que muchos anhelan en una relación de pareja. Era simplemente una condición especial de Carlos que le impedía acostumbrarse con una buena disposición a cierta predictibilidad en las relaciones, cierta rutina y ciertos problemas reiterativos. Al menos, Carlos quería creer que era una condición especial suya, no un inconveniente en sí.

Inclusive, muchas veces pensó que era muy conveniente aburrirse rápidamente de todo y de todos. Así podría conocer más gente y hacer más cosas interesantes; saltando de aventura en aventura como un chicuelo soñador viviendo en su mundo de fantasía.

La complicación era terminar con Lucía. Lucía era la chica más tierna y dulce de todas las que había conocido. Siempre superó los límites de la expresividad queriéndole sin medida, siempre toleró demasiado, incluso lo que ninguna otra persona le toleraría nunca. Entre todas las personas, ella era la que menos se merecía este destino.

Pero Carlos no discriminaba a nadie, todos terminaban eventualmente por ser alejados o por alejarse de su vida con cierto grado de insatisfacción. De seguro, Lucía sería la más insatisfecha de todos. Y Carlos, al final, ni siquiera se preocupó por terminar bien con ella. Astutamente buscó la manera de que ella hiciera algo desagradable para él y encontró allí la excusa perfecta para terminarlo todo.

Sucedió que un día, celebrando su primer y último año de noviazgo, Carlos y Lucía bebieron demasiado, hasta el punto de que Carlos, que tomó mucho más que Lucía, se embriagó terriblemente. Lucía le llevó a su casa a escondidas, y allí, tuvieron relaciones sexuales sin protección, aunque Lucía estaba tomando pastillas anticonceptivas desde casi una semana. Carlos argumentó que Lucía se había aprovechado de su condición para obligarlo a tener relaciones sin protegerse, lo que para él era imperdonable y lo sabía.

A la mañana siguiente, llorando, Lucía le imploraba que no le dejase, que era una tontería destruir la relación por algo que tenía solución, además de que era muy poco probable. Él solo contestó:

- No me apetece ser papá. Te veré en otras vidas.
Rosa opaca




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Marcela [Cuento]

 

Desde lejos la vi sin reconocerla, lucía bien y quizá en un universo paralelo entablaría conversación con ella basándome en su aspecto; al menos si fuese valiente. Me acerqué sin temor, pero sin mirarla; por timidez y por respeto: me irrita cuando las personas descaradamente reparan en otras sin la menor sutileza, como si estuvieran viendo un fantasma amigable o como si contemplaran el mismo ser amigable pero de una galaxia lejana, embelesadas por la luz brillante en el dedo índice – o lo que sería el dedo índice- de E.T., que estaría a punto de tocar sus rostros como jamás nadie se los tocará, por lo que deben prestar cuidadosa atención y ver cada micro-movimiento de este extraño ser. 

No pocas veces he querido ser un alienígena para aquellos amantes de seres extraños, pero uno de esos que matarían por divertimento al terrícola que más les llamase la atención.

Ella no era un ser de planetas distantes, así que no le miré de inmediato sino que pensaba detallarle disimuladamente en docenas de cortas y furtivas miradas mientras esperábamos el bus. No apenas le dirigía mi primera mirada cuando me convertí en ese ser extraño que tanto temía, porque la descubrí viendo mi dedo índice -bueno, no mi dedo índice hinchado, enorme y brillante- pero me miraba con tal aplicación, que sólo llegue a comprenderla luego de un par de segundos cuando le reconocí, una antigua amiga de mi hermana, a la que nunca le dirigí más que formalidades vacías: hola, hasta luego. 

Quizá le pareció encantadora mi parquedad con las palabras o mi aspecto físico, porque desde que la conocí supe que le gustaba, ya que ella no podía o no quería ocultármelo: me miraba todo el tiempo casi de la misma manera en la que me miraba ahora.

Y entonces sentí como si me hubiese poseído un ser inmaterial, que sin duda era más amigable que yo, porque saludó a Marcela – así se llamaba- como si fuese una entrañable amiga a la que no veía desde que se convirtió en fantasma, o sea, hacía mucho. Le dirigió un hola emocionado y de inmediato se acercó a saludarle con la propiedad que lo hacen los buenos amigos. Yo -el poseído- me asusté porque pensé que iba a abrazarla, pero sólo le besó en la mejilla para luego hacer las preguntas de rigor.

Llegué muy rápidamente a la conclusión de que ese fantasma sólo me dejaría cuando terminara de conversar con ella, o cuando por costumbre hiciera algo ridículo, él o yo. Me resigné y le dejé hablar: me sorprendía la admiración que de repente sentía por ella –no, yo no, él- porque cada cinco minutos estaba elogiándola respecto a su personalidad o a sus costumbres, cosa que debió molestarle, o al menos, extrañarle.

El bus llegó casi vacío y yo me entretuve con la idea de sobrepasar las convenciones sociales y sentarme en una de las sillas que solo tienen un puesto, sonreí con ello y luego me entristecí porque debía sentarme al lado de ella. Después de un tiempo dejé de entristecerme ya que no tuve que hablar mucho -algo que siempre me ha sucedido luego de conquistar una impresión agradable en las personas- pues ella comenzó a relatarme las venturas y desventuras de sus amores y los hombres en su vida, tema que duró casi todo el viaje.

Me enteré de muchas cosas que no merecía conocer tan deprisa dado que era la primera vez que hablaba con ella, supongo que esto se debió en parte a las habilidades del alma invasora que me dominaba; ya que ella se sintió muy cómoda conmigo, me agarraba del brazo para apoyarse de cuando en cuando y me hacía cosquillas en el estómago cuando le hacía alguna burla graciosa e inocente.

Cuento Marcela


 

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Galletas [Microrrelato]

Tenía el semblante serio como de costumbre, y entre pensativo y chismoso trataba de oír lo que el muchacho que estaba delante de mí conversaba con sus dos amigas. Siendo un arte elaborado y pulido con el pasar de las épocas, yo seguía con cuidado las premisas básicas del fisgón: - Miraba hacia otro lado, casi no me movía intentado pasar desapercibido, fingía pensar y simulaba disponerme a hacer otra cosa. Pero no sabía que ponerme hacer, así que me quedé mirando al muchacho. 

Él ya lo iba a notar cuando alguien que se sentaba a mi lado me ofrecía de súbito una galleta:

- ¿Quiere?

Yo no entendía por qué aquel desconocido me extendía tal cortesía sin motivos aparentes, por lo que mecánicamente me veía respondiéndole que no, que gracias. Jamás había cruzado palabra con él. 

Luego quise responder a la convención social que mejor explicaría sus poderes de observación –en cuanto a la identificación efectiva de rostros hambrientos, o al menos, amantes de las galletas se refería- por lo cual quise conversar, pero no tenía alimentos que ofrecerle; y mucho menos algo que decir. 

Pasó el tiempo y ya era demasiado tarde: él había regresado juiciosamente a su lectura, mientras yo me sumía de nuevo en las conversaciones ajenas. Nada más aburrido que sumirse en las conversaciones internas cuando se está rodeado de gente. 

Grafitti en la Universidad Nacional de Colombia. Sede Bogotá


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Once y cuarenta [Cuento]

Estaba nerviosa, yo lo sabía. 

Lo que no sabía era el secreto detrás de esas miradas furtivas que me dirigía en intervalos caóticos, lo que incrementaba su nerviosismo, supongo, porque se movía intermitentemente en ese pequeño espacio de bus que le pertenecía brevemente, gracias a las bendiciones del transporte público capitalino a esas horas del día. Había espacio para pasear la mirada sobre los compañeros de travesía esa mañana, y ella no dejó de pasearla sobre mí.

La contemplé brevemente y sentí ganas de hurgar en sus pensamientos. Imaginé que me deslizaba por entre sus ojos hasta el centro de sus pensamientos, y descifraba con increíble rapidez la actividad eléctrica de sus neuronas, procesando miles de imágenes con cada vistazo. Y vi como ella vislumbraba a un conductor maniático que coincidía en nuestro tiempo y espacio, chocando su camión contra el bus en el que íbamos, y el caos reinaba entre la sangre y la histeria.

Un segundo después del frenazo catastrófico, la señora que ocupaba la única silla azul salía disparada por los cristales delanteros del bus, golpeando su cabeza contra el camión. El conductor, en un golpe seco, besaba el asfalto con la violencia de un batazo de béisbol. El camión no venía solo, un par de busetas no alcanzaron a frenar y empeoraron el accidente. 

En su cerebro, los heridos saltaban en cámara lenta con los huesos rotos y hemorragias internas, cristales aplastados y pasajeros incrustados entre puertas, ventanas y sillas. El señor que estaba a su lado iba a salvar a un niño, pero fue golpeado mortalmente por un objeto volador -luego identificado- en su cráneo, entre el oído y la sien. Los gritos llenaban de terror el ambiente y ella (que lo supo todo) seguía paralizada por la conmoción, incrédula de sus propias visiones. 

Yo no me veía en sus precogniciones, así que salí de su cerebro y comprobé mi estatus: Al lado de un pasajero anciano, enfrente de mí, había un extintor para el fuego -para romper una ventana y escapar-. Si ella no era muy pesada o muy lenta, con suerte alcanzaría a sacarla de su trance en el momento del accidente y salvarla. Mientras la salvaba, volvería la vista con una tristeza fugaz sobre los quemados y asfixiados por el humo o el peso de objetos y personas; los aplastados y los atrapados, los incrustados en los bordes filosos y los suspendidos en el tiempo por lo traumático del evento, buscando referentes en la realidad para convencerse de que no era un sueño lo que estaban viviendo.

Quizá ella me miraba porque había contemplado mi muerte y era la peor de todas. O sabía que sería un héroe inútil, que salvaba a una anciana que moriría de un infarto cardíaco en el hospital. O quizá me miraba porque ella misma intentaría despertarme de la inconsciencia provocada por el golpe de una silla voladora detrás de mi cabeza y así salvarme, pero no tenía éxito, y debía dejarme inconsciente dentro del bus, muriendo sin saberlo; para salvar su propia vida.

Me asusté con mis teorías, y luego la emoción se me desbordó entre el sudor debajo de mi camiseta y la mirada tonta que puse cuando ella comenzó a acercarse osadamente. Dentro de poco me comunicaría el terrible destino que me esperaba en ese día tan normal, y me invitaría a abandonar el bus lo más pronto posible, mientras ella, que lo conocía todo, se quedaba al accidente para salvar heridos, infantes y chicas que estaban embarazadas sin saberlo.

La emoción se desvaneció justo en el instante en el que ella sonrió y me pregunto trivialidades del viaje: “que si la ruta pasaba por Venecia”. Me decepcioné y le dije que no sabía. 

El conductor escuchó la pregunta, pues estábamos de pie, justo al lado de las primeras filas de sillas del bus. Se giró sobre sí mismo y dijo sin entuasiasmo “que sí, que la dejaba en el centro comercial de Venecia”.

Luego ella me preguntó la hora -en un intento de lo que días después imité como técnica básica de flirteo-, le dije “once y cuarenta”. El conductor revisó inmediatamente su reloj e hizo una mueca que no alcancé a percibir. Entonces recordé que mi reloj estaba adelantado, me sonrojé y tímidamente le dije “que no, que eran las once y veinte apenas”. 

Luego me quedé en silencio y giré un poco, dándole la espalda. Con eso le quería decir que no eran momentos para hacer preguntas tontas -ella tenía un celular visible en el bolsillo de su pantalón para revisar la hora-. Mi mutismo y mi espalda eran los signos de mi decepción con ella, por no comunicarme las importantes noticias que se procesaban en su cerebro.

Luego dijo algo sobre la ciudad, yo sonreí brevemente, mirándola de manera intrascendente, como su comentario. Pasaron algunos minutos y quise reanudar la fallida conversación para averiguar de otra forma mi importante destino; me volteé un poco y me encontré con un olor raro, quizá venía de unas bolsas enormes que tenía una señora gorda y desagradable, quizá no eran las bolsas en sus manos sino las bolsas corporales contaminadas debajo de ese vestido arrugado y pálido, deformado por la grasa almacenada indistintamente por todo su cuerpo y la mala costura. El olor me impidió hablar. Seguí mudo y pensé en mi muerte.

Las condiciones precisas de mi llamativo deceso en pleno accidente automovilístico, o mi heroica mediación jamás me fueron relatadas. De alguna forma, algo cambió en el flujo del tiempo. Efectivamente, un camión chocó con el bus, pero el incidente fue apenas perceptible en la parte delantera del bus, y no pasó nada grave. Sólo llegué tarde por culpa del choque y de la chica, que no me advirtió que debía bajarme antes y buscar otro transporte para evitar el reclamo de mi jefe por llegar tarde. 

Solo hasta entonces lo supe, estaba viendo el pasado en su cerebro. Ella, por supuesto, sabía más. En el presente de sus visiones -y por alguna razón desconocida para mí- me preguntaba la hora. Quizá algún día me la encuentre de nuevo. Y en aquella ocasión yo haré los comentarios sin importancia, y preguntaré sin demora por las fatalidades ulteriores. Así como yo tengo un dispositivo para leer la mente de las personas, ella tiene uno para ver realidades alternativas, el futuro o una extraña combinación de ambas, y eso ya es suficiente tema de conversación, pues ambos somos ajenos a esta época. 

El destino casi reveló sus disposiciones para mí, a través de ese peculiar cerebro femenino; estuve a punto de conocer la tenebrosidad de conocer mi propio futuro, y casi sufrí con la idea de poseer ese conocimiento. Pero la chica de las once y cuarenta no me reveló el día de mi muerte, ni el atentado contra el senador más amado del país, nada. La chica no reveló ningún acontecimiento. Sólo inició una fallida conversación a partir de un comentario baladí.

Cuento bogotano



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Castigo [Cuento]

Un hombre perverso y odioso, se deleitaba con arduos deseos de ejecutar su venganza. Había sido ofendido y con ira juró vengarse.

Un día, aprovechó la situación y sin planear un sólo movimiento, acabó con la vida de una mujer.

Una mirada malvada se dibujó en su rostro: Sonreía lleno de placer. Con satisfacción miraba su víctima y se alegraba de haberle dado su merecido.

Después comenzó a meditar en silencio, y con todo tipo de argumentos, justificaba su acción y se justificaba a sí mismo.

De pronto apareció una delgada niebla, y se escuchó una voz aguda y clara. Él tan sólo prestó atención a algunas palabras, suficientes para comprender de lo que se hablaba.

La voz le dijo que recibiría el castigo por su maldad. Al ejecutar su venganza había despertado a un espíritu que finalmente salió de su sueño por la sucesión de maldad en el mundo. La voz terminó diciendo: ¡Maldito eres!

Luego desapareció la niebla y unas figuras de color púrpura y rojo se acercaron a él. Una de ellas lo agarró del brazo y el hombre perdió el conocimiento.

Apareció en una atmósfera sin luz, tan pesada que apenas podía respirar. Escuchaba sonidos estridentes por todas partes. En la punta de la lengua sentía un sabor punzante que iba y venía por todo su cuerpo.

Una sombra pequeña se le acercó, explicándole la naturaleza de sus castigos: Una sombra distinta le llevaría a un lugar particular y leería detalladamente las razones y características de cada uno de los castigos a los que iba a ser sometido.

Le dijo a muy pocas personas se las castigaba de esa manera. Las sombras eran precisamente entidades que habían sido castigadas.

Entonces se oscurecieron los ojos del hombre y el aire se extinguió por completo. La primera sombra apareció y se presentó con su nombre. Le dijo que era su primer verdugo.

El hombre nuevamente perdió el conocimiento: La sombra lo había agarrado del brazo.

“Ellos en el camino” Xolotl Polo Díptico. Acrílico sobre lienzo, 145 x 80 cm.
“Ellos en el camino” Xolotl Polo Díptico. Acrílico sobre lienzo, 145 x 80 cm.
 
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