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Resistencia


¿De verdad creíste que te dejaría matar esta sinfonía amarga que alimenta mis pasiones?

¿Pensaste que vencerías mi rebeldía a cambio de pequeñas recompensas de cariño y afecto?

No quiero cambiar por ti
¿Creíste acaso que era tan débil y susceptible como para abandonar el coro personal que ofrezco al mundo?

No permitiré que me arrebates el espíritu combativo para tan sólo encajar en el amor de tu mundo ideal. No quiero que me quites mis palabras fuertes y el hablar duro. Tal vez no soy admirado ni socialmente deseado; pero tengo una originalidad y una particularidad a prueba de todo. Y, a pesar de todo, todavía tengo buenas dosis de carácter, aunque ese carácter sea muy particular y atípico. Puedo decir lo que pienso sin miedo y sin vergüenza. Y no estoy sujeto al deseo de querer encajar entre las personas.

No quiero modificar mi forma para acoplarme como una pieza de rompecabezas formando el paisaje de la deseabilidad social. Quiero ser esa pieza que no se conecta, que no se ajusta en el entramado; esa pieza que se niega a perder su especialidad para perderse en un mar confuso y masificado de seres homogéneos, despojados de toda singularidad. Y es en ese espacio apartado donde me puedo redefinir, no por conveniencia, sino por convencimiento. Soy mi propio líder, mi propio centro de atención, mi propio foco de decisiones fundamentadas.

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Marcela [Cuento]

 

Desde lejos la vi sin reconocerla, lucía bien y quizá en un universo paralelo entablaría conversación con ella basándome en su aspecto; al menos si fuese valiente. Me acerqué sin temor, pero sin mirarla; por timidez y por respeto: me irrita cuando las personas descaradamente reparan en otras sin la menor sutileza, como si estuvieran viendo un fantasma amigable o como si contemplaran el mismo ser amigable pero de una galaxia lejana, embelesadas por la luz brillante en el dedo índice – o lo que sería el dedo índice- de E.T., que estaría a punto de tocar sus rostros como jamás nadie se los tocará, por lo que deben prestar cuidadosa atención y ver cada micro-movimiento de este extraño ser. 

No pocas veces he querido ser un alienígena para aquellos amantes de seres extraños, pero uno de esos que matarían por divertimento al terrícola que más les llamase la atención.

Ella no era un ser de planetas distantes, así que no le miré de inmediato sino que pensaba detallarle disimuladamente en docenas de cortas y furtivas miradas mientras esperábamos el bus. No apenas le dirigía mi primera mirada cuando me convertí en ese ser extraño que tanto temía, porque la descubrí viendo mi dedo índice -bueno, no mi dedo índice hinchado, enorme y brillante- pero me miraba con tal aplicación, que sólo llegue a comprenderla luego de un par de segundos cuando le reconocí, una antigua amiga de mi hermana, a la que nunca le dirigí más que formalidades vacías: hola, hasta luego. 

Quizá le pareció encantadora mi parquedad con las palabras o mi aspecto físico, porque desde que la conocí supe que le gustaba, ya que ella no podía o no quería ocultármelo: me miraba todo el tiempo casi de la misma manera en la que me miraba ahora.

Y entonces sentí como si me hubiese poseído un ser inmaterial, que sin duda era más amigable que yo, porque saludó a Marcela – así se llamaba- como si fuese una entrañable amiga a la que no veía desde que se convirtió en fantasma, o sea, hacía mucho. Le dirigió un hola emocionado y de inmediato se acercó a saludarle con la propiedad que lo hacen los buenos amigos. Yo -el poseído- me asusté porque pensé que iba a abrazarla, pero sólo le besó en la mejilla para luego hacer las preguntas de rigor.

Llegué muy rápidamente a la conclusión de que ese fantasma sólo me dejaría cuando terminara de conversar con ella, o cuando por costumbre hiciera algo ridículo, él o yo. Me resigné y le dejé hablar: me sorprendía la admiración que de repente sentía por ella –no, yo no, él- porque cada cinco minutos estaba elogiándola respecto a su personalidad o a sus costumbres, cosa que debió molestarle, o al menos, extrañarle.

El bus llegó casi vacío y yo me entretuve con la idea de sobrepasar las convenciones sociales y sentarme en una de las sillas que solo tienen un puesto, sonreí con ello y luego me entristecí porque debía sentarme al lado de ella. Después de un tiempo dejé de entristecerme ya que no tuve que hablar mucho -algo que siempre me ha sucedido luego de conquistar una impresión agradable en las personas- pues ella comenzó a relatarme las venturas y desventuras de sus amores y los hombres en su vida, tema que duró casi todo el viaje.

Me enteré de muchas cosas que no merecía conocer tan deprisa dado que era la primera vez que hablaba con ella, supongo que esto se debió en parte a las habilidades del alma invasora que me dominaba; ya que ella se sintió muy cómoda conmigo, me agarraba del brazo para apoyarse de cuando en cuando y me hacía cosquillas en el estómago cuando le hacía alguna burla graciosa e inocente.

Cuento Marcela


 

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Galletas [Microrrelato]

Tenía el semblante serio como de costumbre, y entre pensativo y chismoso trataba de oír lo que el muchacho que estaba delante de mí conversaba con sus dos amigas. Siendo un arte elaborado y pulido con el pasar de las épocas, yo seguía con cuidado las premisas básicas del fisgón: - Miraba hacia otro lado, casi no me movía intentado pasar desapercibido, fingía pensar y simulaba disponerme a hacer otra cosa. Pero no sabía que ponerme hacer, así que me quedé mirando al muchacho. 

Él ya lo iba a notar cuando alguien que se sentaba a mi lado me ofrecía de súbito una galleta:

- ¿Quiere?

Yo no entendía por qué aquel desconocido me extendía tal cortesía sin motivos aparentes, por lo que mecánicamente me veía respondiéndole que no, que gracias. Jamás había cruzado palabra con él. 

Luego quise responder a la convención social que mejor explicaría sus poderes de observación –en cuanto a la identificación efectiva de rostros hambrientos, o al menos, amantes de las galletas se refería- por lo cual quise conversar, pero no tenía alimentos que ofrecerle; y mucho menos algo que decir. 

Pasó el tiempo y ya era demasiado tarde: él había regresado juiciosamente a su lectura, mientras yo me sumía de nuevo en las conversaciones ajenas. Nada más aburrido que sumirse en las conversaciones internas cuando se está rodeado de gente. 

Grafitti en la Universidad Nacional de Colombia. Sede Bogotá


 
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