Ni por suerte tenía la oportunidad de escapar
a los tormentos que se avecinaban raudos
sobre mis sentidos adormecidos.
Ni por suerte encontraría tu cariño.
Sólo he de esperar esa especie extraña
y convulsionada de eclecticismo
agobiado y furioso
que cada cierto tiempo
se desquita contra su portador,
el mismo que le encarcela
y le obliga a reprimirse.
No siempre puedo encadenarle.
No puedo siempre ignorarle
como quien ignora los dolores predictores
de una enfermedad demasiado futura.
Y se vuelve inusual,
y cada vez que me encuentro con él,
me parece como algo
que jamás hubiera visto;
y es que cambia demasiado rápido
en la oscuridad
y el confinamiento obligado al que le someto.
Cada vez que me ataca,
lo siento cálido
de una manera distinta,
embelesado y sufriendo,
enredado en una experiencia nueva,
terrible y escandalosa para mi mente.
Su novedad infalible
es una garantía de impredicibilidad desbordante.
Estaba tremendamente triste
y solo, de nuevo...
- Aunque siempre he estado sólo.
No podría cerrar los ojos
y entregarme a Morfeo
con la placidez
con que lo he hecho
tantas miles de veces,
- No esta vez.
Estaba inconsciente,
como si hubiera bebido mucho,
aunque me sentía
muerto y equivocado,
y a un tiempo,
sobre-excitado,
rojo y caliente.
- Sumamente caliente.
La noche había sembrado
sus semillas de desesperación
con diligencia.
Yo debía estar profundamente dormido
para ese entonces.
- Pero no en esta noche
Ah, inspiradora macabra
de los silentes fantasmas
que salen
de las fosas nasales
y de los oídos
y los labios
de mi cuerpo
Cuerpo embotado
y perdido en las confusiones nocturnas
que asechan mi cabeza.
- ¿Y dónde está tu afecto?
Somos ángeles de la vida y de la muerte,
empecinados en una imperecedera lucha
por nuestra salvación.
Nacidos para establecer vías infinitas
hacia la felicidad inalcanzable,
a través del espacio y del tiempo
explotamos insistentemente nuestras almas
con el fin único y desolador
de encontrar el elixir
de la felicidad humana.
Consumimos los segundos como buitres...
Los verdaderos ángeles de la muerte,
nos guiarán un día,
con la carne destrozada,
al verdadero infierno de la putrefacción.
Quizá no sigamos a las aves de la muerte,
quizá dentro de nuestros cerebros carcomidos por la razón,
creemos un límite de tiempo y espacio,
en donde seamos guerreros,
siempre encaminados a la destrucción.
Quizá nos escondamos
en la noche
en los resquicios
de nuestra mente
Al amanecer acometeremos otra vez
la lucha,
nos encontraremos
cara a cara
con miles de espejos
Entre calles sonrientes,
nos deleitamos
con nuestra autodestrucción,
felicitando nuestros espejismos
y celebrando nuestra independencia
de la vida y de la muerte,
de sus ángeles y sus aves,
Todo el trabajo lo hacemos nosotros...
¡Ah, la raza humana!
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