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Galletas [Microrrelato]

Tenía el semblante serio como de costumbre, y entre pensativo y chismoso trataba de oír lo que el chico que estaba delante de mí conversaba con sus dos amigas. Siendo un arte elaborado y pulido con el pasar de las épocas, yo seguía con cuidado las premisas básicas del fisgón: - Miraba hacia otro lado, casi no me movía intentado pasar desapercibido, fingía pensar y simulaba disponerme a hacer otra cosa. Pero no sabía que ponerme hacer, así que me quedé estúpidamente quieto mirando al muchacho. Él ya lo iba a notar cuando el muchacho que se sentaba a mi lado me ofrecía de súbito una galleta:

- ¿Quiere?

Yo no entendía por qué aquel desconocido me extendía tal cortesía sin motivos aparentes, por lo que mecánicamente me veía respondiéndole que no, que gracias. Jamás había cruzado palabra con tal personaje. No comprendía nada en absoluto.

Luego quise responder a la convención social que mejor explicaría sus poderes de observación –en cuanto a la identificación efectiva de rostros y seres hambrientos, o al menos, amantes de las galletas se refería- por lo cual quise conversar, pero no tenía alimentos que ofrecerle; y mucho menos algo que decir. 

Pasó el tiempo y ya era demasiado tarde: él había regresado juiciosamente a su lectura, mientras yo me sumía de nuevo en las conversaciones ajenas. Nada más aburrido que sumirse en las conversaciones internas cuando se está rodeado de gente. 

Grafitti en la Universidad Nacional de Colombia. Sede Bogotá


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Amor alambicado

¿Cómo he de decirte, acaso, que te quiero en mi vida? ¿Que extrañamente deseo que estés cerca de mí durante años, y que, inexplicablemente, tengo una fuerte atracción por tu esencia, esa que no me detendré a definir aquí, quizá en parte porque sea inefable a mi comprensión. y pueda ser, que por ese misterio me sienta poderosamente ligado a ti?

¿Cómo he de confesarte que me duele no ser parte de tu vida? ¿Que me duele inmensamente, como si alguna vez lo hubiese sido?

Una parte de mí te recuerda con dejos de melancolía, y se embriaga suspirando secretamente por ti, con el anhelo de no perderte del todo. Yo, que soy un experto en perder personas. Las personas son mi especialidad en extravíos. He perdido tantas, y tan valiosas como tú. Y me condeno febrilmente por ello millones de instantes al día. Que pierda mis bienes materiales más preciados si he de conservar alguna de esas personas, si he de conservarte a ti.

Para mí es tremendamente extraño pensar en todo esto. Quizá piense mediante estos tecleos de madrugada mi yo más auténtico y el más triste también. Nunca podré ser tan valiente como para negar las cosas que pienso y siento por ti, que jamás he sentido de la manera en la que las siento por ti. 

He querido conservar o conocer gentes geniales, pero jamás esos deseos traspasaron los lìmites del deleite filosófico, jamás, hasta que te conocí, por accidente, por inercia, por pura sucesión inevitable de eventos. El deleite que me produce escaparme a los sueños contigo va más allá de razones y de intrincados laberintos racionales. Va más allá de la típica instrumentalización que no puedo apagar cuando conozco personas. Tu deleite, ese deleite mío por tu alma, es espiritual, como si los fragmentos dispersados de mis antiguas ilusiones incrustadas en mi alma enamorada de los anhelos se hubiesen juntado en el instante preciso en el que te conocí, y que se unen cada vez que te veo, o te hablo.  

Justo ahora tengo ánimos de exagerar un poco, y por ello pienso con cierta seriedad, que si alguna vez argumentara en favor al amor a primera vista, tú serías mi premisa. No te amo, ni te amé cuando te vi por primera vez, pero si encontré, y de seguro lo hice antes de que yo mismo lo notara. Eres fascinante para mí, no te he encontrado en ningún otro lugar, en ninguna obra de arte de ninguna época. Eres casi como el arquetipo de la diferencia, eres única sin esfuerzo, sin melindres, sin aires de distinción, sin ínfulas de notabilidad. 

No estoy enamorado románticamente de ti, casi ni me inspiras atraccion física. Me atraes más de lo que razones estéticas jamás lograrán en el hombre. No te imagino profusamente como una pareja de ensueño, ni como mi princesa, ni como mi alma gemela, con la que casaría y tendría hijos.

No, no te imagino así, pero me aterra la idea de perderte, que no es una idea, sino una dolorosa realidad que se gesta día a día, cada vez con más fuerza. No te quiero fuera de mi vida, no quiero dejarte pasar, no quiero dejar de saber paulatinamente de ti. 

No quiero explicaciones lógicas, o al menos, racionales; como siempre las termino sacando, para explicarte y explicarme yo en relación contigo. Si he tenido alguna vez eso que llaman "palpitos", o corazonadas, las tengo contigo. Como si el universo y todo mi inconsciente milenario gritaran a un cielo despejado y sin humanos una verdad que se imprime como metal ardiente sobre la piel, así grita una parte mía cada vez que te pienso, o te veo, o me hablas.

Mi alma está profundamente embelesada con la tuya, a pesar de que no te conozco bien. ¿Qué es lo que me cautiva tanto de ti? ¿La voz, la piel, los labios que deben besar como el fuego besaría la tierra justo después del diluvio universal? ¿La figura semiatlética, los gestos, la risa, las muletillas y onomatopeyas? ¿La inteligencia, los ojos despiertos, la mente aún más despierta? ¿La alegría, el amor a la vida? 

¿Qué?

Mujer sexy


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Once y cuarenta [Cuento]

Estaba nerviosa, yo lo sabía. 

Lo que no sabía era el secreto detrás de esas miradas furtivas que me dirigía en intervalos caóticos, lo que incrementaba su nerviosismo, supongo, porque se movía intermitentemente en ese pequeño espacio de bus que le pertenecía brevemente, gracias a las bendiciones del transporte público capitalino a esas horas del día. Había espacio para pasear la mirada sobre los compañeros de travesía esa mañana, y ella no dejó de pasearla sobre mí.

La contemplé brevemente y sentí ganas de hurgar en sus pensamientos. Imaginé que me deslizaba por entre sus ojos hasta el centro de sus pensamientos, y descifraba con increíble rapidez la actividad eléctrica de sus neuronas, procesando miles de imágenes con cada vistazo. Y vi como ella vislumbraba a un conductor maniático que coincidía en nuestro tiempo y espacio, chocando su camión contra el bus en el que íbamos, y el caos reinaba entre la sangre y la histeria.

Un segundo después del frenazo catastrófico, la señora que ocupaba la única silla azul salía disparada por los cristales delanteros del bus, golpeando su cabeza contra el camión. El conductor, en un golpe seco, besaba el asfalto con la violencia de un batazo de béisbol. El camión no venía solo, un par de busetas no alcanzaron a frenar y empeoraron el accidente. 

En su cerebro, los heridos saltaban en cámara lenta con los huesos rotos y hemorragias internas, cristales aplastados y pasajeros incrustados entre puertas, ventanas y sillas. El señor que estaba a su lado iba a salvar a un niño, pero fue golpeado mortalmente por un objeto volador -luego identificado- en su cráneo, entre el oído y la sien. Los gritos llenaban de terror el ambiente y ella (que lo supo todo) seguía paralizada por la conmoción, incrédula de sus propias visiones. 

Yo no me veía en sus precogniciones, así que salí de su cerebro y comprobé mi estatus: Al lado de un pasajero anciano, enfrente de mí, había un extintor para el fuego -para romper una ventana y escapar-. Si ella no era muy pesada o muy lenta, con suerte alcanzaría a sacarla de su trance en el momento del accidente y salvarla. Mientras la salvaba, volvería la vista con una tristeza fugaz sobre los quemados y asfixiados por el humo o el peso de objetos y personas; los aplastados y los atrapados, los incrustados en los bordes filosos y los suspendidos en el tiempo por lo traumático del evento, buscando referentes en la realidad para convencerse de que no era un sueño lo que estaban viviendo.

Quizá ella me miraba porque había contemplado mi muerte y era la peor de todas. O sabía que sería un héroe inútil, que salvaba a una anciana que moriría de un infarto cardíaco en el hospital. O quizá me miraba porque ella misma intentaría despertarme de la inconsciencia provocada por el golpe de una silla voladora detrás de mi cabeza y así salvarme, pero no tenía éxito, y debía dejarme inconsciente dentro del bus, muriendo sin saberlo; para salvar su propia vida.

Me asusté con mis teorías, y luego la emoción se me desbordó entre el sudor debajo de mi camiseta y la mirada tonta que puse cuando ella comenzó a acercarse osadamente. Dentro de poco me comunicaría el terrible destino que me esperaba en ese día tan normal, y me invitaría a abandonar el bus lo más pronto posible, mientras ella, que lo conocía todo, se quedaba al accidente para salvar heridos, infantes y chicas que estaban embarazadas sin saberlo.

La emoción se desvaneció justo en el instante en el que ella sonrió y me pregunto trivialidades del viaje: “que si la ruta pasaba por Venecia”. Me decepcioné y le dije que no sabía. 

El conductor escuchó la pregunta, pues estábamos de pie, justo al lado de las primeras filas de sillas del bus. Se giró sobre sí mismo y dijo sin entuasiasmo “que sí, que la dejaba en el centro comercial de Venecia”.

Luego ella me preguntó la hora -en un intento de lo que días después imité como técnica básica de flirteo-, le dije “once y cuarenta”. El conductor revisó inmediatamente su reloj e hizo una mueca que no alcancé a percibir. Entonces recordé que mi reloj estaba adelantado, me sonrojé y tímidamente le dije “que no, que eran las once y veinte apenas”. 

Luego me quedé en silencio y giré un poco, dándole la espalda. Con eso le quería decir que no eran momentos para hacer preguntas tontas -ella tenía un celular visible en el bolsillo de su pantalón para revisar la hora-. Mi mutismo y mi espalda eran los signos de mi decepción con ella, por no comunicarme las importantes noticias que se procesaban en su cerebro.

Luego dijo algo sobre la ciudad, yo sonreí brevemente, mirándola de manera intrascendente, como su comentario. Pasaron algunos minutos y quise reanudar la fallida conversación para averiguar de otra forma mi importante destino; me volteé un poco y me encontré con un olor raro, quizá venía de unas bolsas enormes que tenía una señora gorda y desagradable, quizá no eran las bolsas en sus manos sino las bolsas corporales contaminadas debajo de ese vestido arrugado y pálido, deformado por la grasa almacenada indistintamente por todo su cuerpo y la mala costura. El olor me impidió hablar. Seguí mudo y pensé en mi muerte.

Las condiciones precisas de mi llamativo deceso en pleno accidente automovilístico, o mi heroica mediación jamás me fueron relatadas. De alguna forma, algo cambió en el flujo del tiempo. Efectivamente, un camión chocó con el bus, pero el incidente fue apenas perceptible en la parte delantera del bus, y no pasó nada grave. Sólo llegué tarde por culpa del choque y de la chica, que no me advirtió que debía bajarme antes y buscar otro transporte para evitar el reclamo de mi jefe por llegar tarde. 

Solo hasta entonces lo supe, estaba viendo el pasado en su cerebro. Ella, por supuesto, sabía más. En el presente de sus visiones -y por alguna razón desconocida para mí- me preguntaba la hora. Quizá algún día me la encuentre de nuevo. Y en aquella ocasión yo haré los comentarios sin importancia, y preguntaré sin demora por las fatalidades ulteriores. Así como yo tengo un dispositivo para leer la mente de las personas, ella tiene uno para ver realidades alternativas, el futuro o una extraña combinación de ambas, y eso ya es suficiente tema de conversación, pues ambos somos ajenos a esta época. 

El destino casi reveló sus disposiciones para mí, a través de ese peculiar cerebro femenino; estuve a punto de conocer la tenebrosidad de conocer mi propio futuro, y casi sufrí con la idea de poseer ese conocimiento. Pero la chica de las once y cuarenta no me reveló el día de mi muerte, ni el atentado contra el senador más amado del país, nada. La chica no reveló ningún acontecimiento. Sólo inició una fallida conversación a partir de un comentario baladí.

Cuento bogotano



 
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